Social Distance Yourself Outdoors

The list of pre-travel vaccines was daunting: typhoid, hepatitis A and B, and Tetanus/Diphtheria/Pertussis booster, to name a few.  Malaria-preventing medication and pre- and post-tuberculosis (TB) testing were also required.  I was in my fourth year of medical school in the late 1990s and had the opportunity to participate in a clerkship in a developing nation: Vanuatu, in the South Pacific.  Earlier that year, during my internal medicine rotation, I had been fitted with the N95 respirator mask that I would need should I ever care for a TB patient in an isolation room.  I did have occasion to use it.

Before traveling to Vanuatu, I read about the high incidence of malaria and TB there.  I was a bit concerned about contracting either one, so I asked questions and followed recommendations.  I planned to pack my N95 mask but, at the last minute, did not.  “You won’t use it,” a medical student who had been to the same hospital had said, “there’s no isolation there.”

As humans around the globe are preparing for the novel coronavirus responsible for the disease known as COVID-19, a new term has emerged: social distancing.  According to the Centers for Disease Control (CDC), “social distancing means remaining out of congregate settings, avoiding mass gatherings, and maintaining distance (approximately 6 feet or 2 meters) from others when possible.”  This makes perfect sense, since the virus is known to be easily and rapidly spread from human-to-human contact, by viral droplets in the air, and from touching a contaminated surface.  Some viruses (HIV, for example) are less stable on surfaces, in the air, and through casual skin-to-skin contact.  This novel coronavirus, unfortunately, is not in that category.

In the news media, images of innocent people being tackled by healthcare workers in hazmat suits and videos of passengers trapped on cruise ships have provided a vivid understanding of what quarantine looks like.  But it seems that a piece of advice has been missing: social distancing can be practiced outdoors, where a myriad of health benefits await.

A walk in your neighborhood, in a park, near a body of water, in the desert, in the woods or in virtually any outdoor setting will provide you with health benefits including boosting your immune system and improving mental health (both of which are useful during a pandemic and are the subject of a recent article I posted).  Outdoors, it is easy to maintain a six-foot distance from other people.  Plants and trees have built-in antimicrobial defense systems, so viral droplets cannot lie in wait on their surfaces.  The lingering of viruses that occurs where air is recirculated (airplanes, cruise ships, office buildings, hospitals), doesn’t happen outdoors where there is infinite space to disseminate.  Bottom line: you can “distance” yourself outdoors.

When I arrived in Vanuatu, I discovered that hospital windows and doors were left wide open, day in and day out.  This open-air system, I was told, was the very reason that tuberculosis patients could remain out on the wards, not in isolation.  Thinking of my experiences stateside, I was highly skeptical.  I cared for inpatients with active TB throughout my ten weeks in Vanuatu, though, with no N95 mask.

Years later, science answered my questions.  In 2007, an article published in Scientific American explained the findings of a study (Escombe et al. 2007) comparing air circulation in open-air hospital rooms to modern, mechanically ventilated ones.  The study found that air in the open-air rooms completely changed out 28 times per hour, on average.  This contrasts with the recommended (and observed) frequency in mechanically ventilated rooms, which is 12 times per hour.  The researchers calculated that the risk of TB infection should fall from 39 percent per day in a mechanically ventilated room to just 11 percent in a high-ceiling, open-air room.  Bolstered by this research, the World Health Organization now recommends natural ventilation as one way to limit the spread of TB in disadvantaged areas.

Back from Vanuatu, in the final rotation of my medical school career, I was required to have a post-exposure TB test.  I dreaded the six months of antibiotics I would need if my test came back positive.  To my amazement, it was negative.

Tuberculosis and the coronavirus are very different bugs, to be sure, but the premise remains the same.  Fungi, viruses, plants, animals and humans have co-evolved for centuries.  If we must distance ourselves from each other, we should consider taking it outside for a regular breath of fresh air.

Suzanne Bartlett Hackenmiller, MD

 

Practique el distanciamiento social al aire libre

La lista de vacunas previas al viaje fue desalentadora: fiebre tifoidea, hepatitis A y B y refuerzo contra el tétanos / difteria / tos ferina, por nombrar tan solo algunas. También se requirieron medicamentos para prevenir la malaria y pruebas previas y posteriores a la tuberculosis (TB). Estaba en mi cuarto año de la escuela de medicina a fines de la década de 1990 y tuve la oportunidad de participar en una pasantía en una nación en desarrollo: Vanuatu, en el Pacífico Sur. A principios de ese año, durante mi rotación de medicina interna, me hicieron usar la máscara de respirador N95 que necesitaría si alguna vez atendiera a un paciente con TB en una sala de aislamiento. Tuve la oportunidad de usarlo.

Antes de viajar a Vanuatu, leí sobre la alta incidencia de malaria y tuberculosis en ese lugar. Tenía un poco de preocupación por contraer  cualquiera de estas enfermedades, así que hice preguntas necesarias y seguí las recomendaciones que me hacían. Planeaba empacar mi máscara N95 pero, en el último minuto, no lo hice. “Eso no lo usará”, dijo un estudiante de medicina que había estado en el mismo hospital, “no hay zona de aislamiento allí”.

A medida que los humanos de todo el mundo se preparan para el nuevo coronavirus responsable de la enfermedad conocida como COVID-19, ha surgido un nuevo término: distanciamiento social. Según los Centros para el Control de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés), “el distanciamiento social significa permanecer fuera de los sitios de congregación, evitar reuniones masivas y mantener la distancia (aproximadamente 6 pies ó 2 metros) de otras personas en la medida de lo posible”. Esto tiene mucho sentido, puesto que ya se sabe que el virus se propaga fácil y rápidamente por contacto humano a humano, por gotas virales en el aire y por tocar una superficie contaminada. Algunos virus (VIH, por ejemplo) son menos estables en las superficies, en el aire y mediante el contacto casual de piel a piel. Este nuevo coronavirus, desafortunadamente, está fuera de esa categoría.

En los medios de comunicación, las imágenes de personas inocentes que son atajadas por trabajadores de la salud que portan trajes de materiales peligrosos y videos de pasajeros atrapados en cruceros han proporcionado una comprensión vívida de cómo se ve la cuarentena. Sin embargo parece que todavía falta un consejo: el distanciamiento social se puede practicar al aire libre, donde le esperan una gran cantidad de beneficios para la salud.

Un paseo alrededor de su vecindario, en un parque, cerca de algún cuerpo de agua, en el desierto, en el bosque o prácticamente en cualquier entorno al aire libre le proporcionará beneficios para la salud, entre los que se encuentran el reforzamiento de su sistema inmunológico y la mejora en la salud mental (ambos son útiles durante una pandemia y son el foco de un artículo que publiqué recientemente). En los espacios abiertos, es fácil mantener una distancia de seis pies respecto a otras personas. Las plantas y los árboles tienen sistemas de defensa antimicrobianos incorporados, por lo que las gotas virales no pueden estar latentes en sus superficies. La permanencia de los virus que ocurre en espacios donde se recircula el aire (aviones, cruceros, edificios de oficinas, hospitales), no ocurre al aire libre donde existe un espacio infinito para diseminarse. En pocas palabras: usted puede “distanciarse” al aire libre.

Cuando llegué a Vanuatu, descubrí que las ventanas y puertas del hospital estaban abiertas, día tras día. Me dijeron que este sistema al aire libre era la razón por la cual los pacientes con tuberculosis podían permanecer en las salas, no aislados. Pensando en mis experiencias en Estados Unidos, el escepticismo permanecía en mí. Sin embargo, atendí a pacientes hospitalizados con TB activa durante mis diez semanas en Vanuatu, sin necesidad de usar la máscara N95.

Años más tarde, la ciencia respondió a mis preguntas. En 2007, un artículo que fue publicado en Scientific American, explicó los hallazgos de un estudio (Escombe et al. 2007) en el que se compara la circulación de aire en las habitaciones de hospital al aire libre contra las habitaciones modernas que cuentan con ventilación mecánica. El estudio encontró que el aire en las habitaciones al aire libre cambió por completo 28 veces por hora, en promedio. Esto contrasta con la frecuencia recomendada (y observada) en habitaciones con ventilación mecánica, que es 12 veces por hora. Los investigadores calcularon que el riesgo de infección de TB debería disminuir del 39 por ciento por día en una sala con ventilación mecánica a solo el 11 por ciento en una sala que permite la circulación libre del aire y cuenta con un techo alto. Reforzada por esta investigación, la Organización Mundial de la Salud ahora recomienda la ventilación natural como una forma de limitar la propagación de la tuberculosis en zonas desfavorecidas.

De regreso de Vanuatu, en la rotación final de mi carrera en la escuela de medicina, me pidieron que me hiciera una prueba de TB después de la exposición que tuve a ésta. Temía los seis meses de antibióticos que necesitaría si mi prueba llegase a resultar positiva. Para mi sorpresa, el resultado fue negativo.

La tuberculosis y el coronavirus son virus muy diferentes, sin duda, sin embargo la premisa sigue siendo la misma. Hongos, virus, plantas, animales y humanos han evolucionado conjuntamente durante siglos. Si debemos distanciarnos el uno del otro, deberíamos considerar llevarlo a cabo en espacios abiertos para respirar aire fresco regularmente.

Suzanne Bartlett Hackenmiller, MD

 

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